Lakshmidevi: “Soy voluntaria porque mi trabajo mejora la vida de mis vecinos”
Preparar el raggi, repartir la comida y pesar a las personas con malnutrición, trabajar en la escuela infantil, comprobar puerta por puerta si alguien está enfermo, limpiar la casa, lavar la ropa, fregar los platos... El día a día de Lakshmidevi es muy agitado pese a vivir en Edula Mustur, un pequeño pueblo de Andhra Pradesh de apenas 4.600 habitantes. Su responsabilidad es grande y lo sabe. Es una de las 1.300 trabajadoras sanitarias de la comunidad que la Fundación Vicente Ferrer (FVF) ha formado en terreno y que ha hecho posible que miles de mujeres y niños y niñas accedan a un derecho antes fuera de su alcance: la salud.
“Quiero hacer este trabajo hasta que mi salud aguante”, afirma la mujer de 42 años, envuelta en su sari verde que la identifica como trabajadora sanitaria cuando recorre las calles de su pueblo. Es el ejemplo del compromiso de la población india, que se involucra en el desarrollo de sus comunidades; y es también una muestra del cambio de mentalidad que se produce paulatinamente en las mujeres. “Si me preguntan qué es más importante para mí, si mi salud o la de mi familia, digo que la mía. Las mujeres somos la base de la sociedad y si tenemos salud podemos trabajar, atender la casa y cuidar de nuestra familia. Hay que predicar con el ejemplo”, afirma Lakshmidevi, que ha dedicado buena parte de su trabajo a concienciar a las mujeres para que no descuiden su salud y realicen revisiones periódicas.
Y es que las trabajadoras sanitarias de la comunidad centran sus esfuerzos en la atención a los dos colectivos más vulnerables en materia de salud: la mujer y la infancia. “Nuestro pueblo está alejado de los centros urbanos y es muy complicado perder el jornal de un día para acudir al hospital. Cuando empecé a trabajar para la Fundación, las mujeres sufrían mucho y nadie daba importancia a su salud, ni si quiera ellas mismas. El analfabetismo y la falta de educación son las principales barreras para la salud de la mujer”, explica Lakshmidevi.
Habla tranquila pero segura de sus palabras, aunque al principio no puede evitar que se le escape una risa nerviosa: su marido, Ramakrishna, está delante. Pero él no se enfada. Lleva 12 años escuchándola y viendo los progresos que ha alcanzado; dice que la apoya desde el primer momento y que está orgulloso de que su mujer haga lo que le gusta, e incluso la ayuda comprando la comida para el programa de nutrición. Lakshmidevi se levanta a las cinco de la mañana para cocinar el raggi, un cereal muy nutritivo que cada mañana reparte en el colegio a los colectivos que se benefician del programa de nutrición: ancianos, niños y niñas, mujeres lactantes y embarazadas. Cada dos días, además, reparte huevo cocidos, y una vez al mes pesa a todos los beneficiarios. “Dependiendo del caso, les doy consejos de nutrición, o les suministro hierro... La salud de las personas ha mejorado mucho, no sólo porque hay menos casos de desnutrición, también porque los casos son cada vez menos graves, sobre todo en los niños. La concienciación ha sido clave para ello”, apunta la mujer.
Al caer la tarde, y tras finalizar su jornada como ayudante en la escuela infantil, visita 20 de las 100 casas de su comunidad. Receta y vende a los enfermos vitaminas, suero y pastillas para el dolor y la fiebre, entre otros fármacos. “Cada semana detecto siete u ocho casos de personas que necesitan algún tipo de tratamiento. Entre las mujeres, la mayoría de los problemas son ginecológicos, hay muchos casos de prolapso de útero. Además, cada mes se organizan jornadas de detección de cáncer de cuello de útero y acompaño a las mujeres cuando tienen que hacerse pruebas en el hospital”, detalla Lakshmidevi.
Además de esto, una vez al mes se reúne con las enfermeras rurales en la oficina regional de Bathalapalli, donde exponen sus dudas, revisan el estado de algunos casos y reponen las medicinas, que paga la propia comunidad. Por su trabajo y para cubrir los costes de la comida y los desplazamientos, la mujer recibe un incentivo de 450 rupias mensuales (6’5€). “No trabajo por dinero, este es mi granito de arena. Si Vicente era de otro país y ha ayudado a mi pueblo, yo que soy de aquí también puedo ayudar a mis vecinos”, reflexiona la mujer.
“Veo que los proyectos de la Fundación funcionan y que mi trabajo mejora la vida de mis vecinos. Es un trabajo duro pero importante”, continúa. En su mirada se refleja el orgullo por sacar a su familia adelante, porque tanto su hijo como su hija estén realizando estudios superiores, por ganarse el respeto de la gente del pueblo… Pero, sobre todo, se siente orgullosa de sí misma, un sentimiento que cada vez descubren más mujeres en Andhra Pradesh.

