Sheeba Baddy
Sheeba Baddy
Sheeba Baddy es graduada en Historia y tiene un posgrado en la misma materia. Lleva más de 20 años trabajando en el Departamento de Apadrinamiento de la FVF. Primero como auxiliar y luego como traductora. Desde octubre de 2018 es la nueva directora de Apadrinamiento. Ha visto evolucionar la Fundación al mismo tiempo que ella también crecía como persona.

Fortalecer el corazón de la FVF

La Fundación

Cuando empecé a trabajar para la FVF, en 1996, tenía 20 años y acababa de salir de la universidad. Me pareció una gran oportunidad, me ofrecían trabajar para la organización en la que me había criado, al tiempo que aprendía un idioma, el castellano. Ni lo dudé. En ese momento, en el departamento de Apadrinamiento había dos traductoras y unos 6.000 niños y niñas apadrinados. Lo que significa unas 10.000 cartas anuales a traducir. Por suerte contábamos con el apoyo de alumnos de español que venían expresamente desde Hyderabad. Con sus clases y las de algunos voluntarios y voluntarias españoles que empezaron a venir por esa época, al cabo de un año, ya me defendía bien en castellano.

Recuerdo con especial cariño esos primeros años y, en concreto, una anécdota que vivimos con Vicente Ferrer, Father, como le llamamos en la India, a pocas semanas de Navidad. Era temprano por la mañana, entró en la oficina con paso decidido y una enorme sonrisa. Nos reunió a todos y nos dijo: “Necesito 8.000 nuevas fichas de niños y niñas apadrinados para mandar a España antes de Navidad”. Nadie dijo nada, nos quedamos en shock, pero si esto era lo que la organización necesitaba había que lograrlo. Nos pusimos a trabajar sin pausa durante los siguientes días. Father venía a diario, nos preguntaba cómo íbamos y nosotros solo le respondíamos: “Todo controlado”. Fue una locura ahora que lo pienso, pero una locura de las que te sacan una sonrisa.

Finalmente llegó la fecha de entrega y esa tarde vino de nuevo a la oficina. Le estábamos esperando. “¿Qué tal vais?”, nos preguntó. No dijimos nada, solo le llevamos hasta la mesa donde estaba el paquete que contenía las 8.000 fichas listas para mandar a España. Nos miró, no dijo nada, cogió un rotulador y empezó a escribir en un trozo de papel. No entendíamos que estaba pasando hasta que colgó el papel en la pared. Había escrito “MILAGRO”. No podíamos estar más contentos. ¡Lo habíamos logrado! Desde este día cada vez que algún amigo de España nos visitaba y Vicente Ferrer le enseñaba nuestras oficinas, les decía: “Este equipo hace milagros cada día”, mirándonos a nosotros.

Si algo he aprendido, después de 22 años trabajando en la FVF y toda una vida vinculada a la organización, es que no hay metas imposibles. Yo misma reconozco que nunca me habría imaginado que la Fundación podía crecer tanto, llegar a tantas aldeas, contar con tantos proyectos y transformar la vida de tantas personas, pero es un hecho. No hay nada que me haga más ilusión que ser partícipe de ello, ahora como directora de Apadrinamiento.

Cuando empezamos en 1996 con este programa, gracias a la apertura de la organización en España, había unos cientos de menores apadrinados y algunas decenas de visitantes que se atrevían a viajar hasta la lejana India. Hoy, hay más de 119.000 niños y niñas apadrinados y centenares de amigos de España que nos visitan durante todo el año para conocer la labor que estamos  haciendo.  

Precisamente una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es acompañar a todas estas personas que nos vienen a visitar año tras año. Llegan siempre sonrientes, a veces agotados de haber viajado por toda la India, pero con una ilusión rebosante en los ojos. Quieren saberlo todo, quieren verlo y experimentarlo todo. Se emocionan. Y con sus reacciones y muestras de agradecimiento nos llenan también a nosotras de energía.

Si tuviera que escoger la mejor parte de mi trabajo, sería sin duda ver la cara de las madrinas y padrinos cuando conocen a sus niños y niñas apadrinados. Las miradas, los gestos, las palabras que comparten en esos momentos son de una belleza indescriptible y de una pureza casi mística. Padrino y apadrinado no comparten el mismo idioma, pero se entienden. Hay un lazo. Imagino que aquellos que me lean y lo hayan vivido, estarán de acuerdo conmigo, ¿verdad amigos?

Solo me queda daros las gracias a todos y cada uno de vosotros.  A través del apadrinamiento hacéis posible que el legado de Vicente Ferrer siga intacto y que avance para llegar cada día a más y más personas.