Carla Fibla
Carla Fibla es miembro del Departamento de Comunicación de la Fundación Vicente Ferrer en Madrid, Castilla La Mancha y Castilla y León. Fue corresponsal en el Magreb y en Oriente Próximo para La Vanguardia y la Cadena SER, especializándose en migraciones y derechos humanos. Es coautora de Mi nombre es nadie (Icaria) y ha escrito varios ensayos. En 2013 empezó a colaborar con organizaciones no gubernamentales dando un giro profesional en el que no pierde de vista la actualidad. Ahora concentrada en comprender y contar la India

Mujeres rurales orgullosas que avanzan en la India

La Fundación

“Cada día me levanto a las cuatro de la mañana, cocino, limpio el establo, barro la casa y recojo a los trabajadores con el carro de bueyes. A las ocho llego al campo, le entrego la comida a mi marido y me pongo a trabajar codo con codo con mi marido y el resto de jornaleros. Quito las malas hierbas, enciendo la bomba de agua, mezclo los fertilizantes, superviso el sistema de riego por goteo, llevo a pastar a los animales...Vuelvo a casa a las tres del mediodía, como algo, limpio la ropa y los cacharros, alimento a los bueyes y me pongo a preparar la cena. Me voy a dormir alrededor de las 21.30 y las 22h”. Esta es la ardua jornada de Salamma, una mujer de 60 años que vive en Vannurappa, una pequeña localidad del distrito de Anantapur (en el sur de la India). Aparentemente, podría pensarse que la sumisión a su familia y al campo, sin tiempo para ella, no ha evolucionado en las últimas décadas, pero los 2 hijos y 2 hijas de Salamma son la prueba de que la mentalidad y determinación de su madre ha logrado materializar el cambio en la siguiente generación.

 

 

Cuando los trabajadores de la Fundación Vicente Ferrer llegan por primera vez a una aldea para valorar la situación en la que viven sus habitantes, se enfrascan en largas conversaciones con los agricultores, hombres y mujeres, para conocer las necesidades del lugar. La fuerza de las mujeres del campo, curtidas por la cotidianidad que sintetizaba Salamma, ha obligado a buscar alternativas que estuvieran a la altura y fueran capaces de acompañarlas en el cambio que asumían como imposible para ellas, pero que tenía que ser una realidad en el caso de sus hijas e hijos. “Cuando mis hijos eran pequeños me ayudaban en el campo, pero siempre tuve claro que su futuro no estaba ahí. Estoy muy orgullosa de que ellos hayan podido escoger otro tipo de vida. Mis dos hijos estudian ingeniera en la Universidad, y las dos chicas se casaron al cumplir los 20. Estudiaron hasta décimo curso pero luego decidieron dejarlo. Ahora una trabaja en una tienda como asistente de ventas y la otra es modista en Bangalore”.

 

Salamma no tuvo opción y abandonó la escuela con 8 años. “Era la cuarta mayor de ocho hermanos, así que a mí me tocó ayudar a la familia, y los más pequeños pudieron estudiar unos años más. Sólo dos terminaron Secundaria. Me gustaba estudiar pero mis padres no tenían recursos para pagarme la educación. Si hubiera tenido la oportunidad me habría gustado seguir formándome”.  

 

Casada desde los 16 años, las decisiones sobre la cosecha las consensua con su marido. “Soy la propietaria de las tierras. No me da miedo ir sola al campo, y soy la única mujer del pueblo que conduce un carro de bueyes. Soy mi propia jefa, aunque las decisiones las tomamos conjuntamente”.

 

 

A Salamma le gusta el campo, trabajar una tierra que respeta porque le da de comer y le ha permitido progresar. “Es muy importante que las mujeres salgamos de casa para trabajar, para tener nuestros propios ingresos y ser independientes”, concluye mientras desvela la clave de la buena gestión de su campo: “Hay que diversificar cultivos para intentar paliar los efectos adversos del clima y mejorar el rendimiento de la tierra. También es importante contraer el mínimo de deudas posibles”.

 

Como otras casi 7.000 mujeres, Salamma ha podido complementar su trabajo en el campo con otro negocio, en su caso la compra de búfalas (consume y vende la leche y el yogurt que elabora), gracias al Fondo de Desarrollo de la Mujer, un banco interno de la FVF a través de los sangham que les permite acceder a microcréditos. Seena Bonala Srinivasulu, supervisora del FDM afirma que “recibir ese dinero les permite mejorar la calidad de vida de sus familias, y como todos los negocios van a nombre de las beneficiarias, estos préstamos contribuyen a aumentar su autoestima y a que obtengan respeto por parte de sus maridos y familiares al regentar sus propios negocios”.

 

 

Las mujeres rurales en el sur de la India son mucho más que madres y esposas, su ámbito laboral no se limita a las tareas del hogar, y en el campo luchan por el reconocimiento de su trabajo. Inculcar a las próximas generaciones, tanto a las hijas como a los hijos, la importancia de respetar el sacrificio que han hecho para que ellos tengan una vida mejor, es el fruto que empiezan a recoger en una sociedad en la que ya son capaces de levantar más la voz.