Lakshmi: “Las supersticiones hacia las viudas son un castigo a las mujeres”

  • Es madre de tres hijas y hace nueve años enviudó

Las viudas son uno de los colectivos más vulnerables de la India. Antiguas y arraigadas supersticiones aún prevalecen en las zonas rurales, considerando a estas mujeres portadoras de mala suerte y en muchos casos culpándolas de la muerte de sus maridos. En el estado de Andhra Pradesh, según indica el censo de 2011 más de cuatro millones de mujeres son viudas.

La Fundación Vicente Ferrer (FVF) apoya desde hace años a estas mujeres en las zonas rurales a fin de luchar contra la discriminación de este colectivo y fomentar su integración social. A pesar de que su situación ha mejorado en los últimos años, algunas siguen arrastrando el estigma social y sobrellevar las cargas para sacar adelante su familia. Sin embargo, son muchas la que consiguen salir adelante y llegan a convertirse en referentes para su comunidad.

 

Lakshmi Narasamma tiene 32 años y se quedó viuda hace nueve. Desde que falleció su marido de un accidente ha tenido que hacer frente ella sola a la educación y sustento de sus tres hijas. Gracias a su determinación ha conseguido salir adelante, aunque reconoce que no siempre le ha sido fácil. Para ella el apoyo de las mujeres del sangham – asociación de mujeres- de su pueblo ha sido vital para mejorar su economía y de sentirse en un ambiente cálido y seguro en el que poder hablar. Hace apenas un año que Lakshmi trabaja como auxiliar de guardería en la localidad vecina de Siddarampuram, en la región de Atmakur. Gracias al Fondo de Desarrollo de la Mujer de la FVF consiguió un microcrédito que le permitió comprar una prensadora de harina de arroz, con la que ha conseguido mejorar su situación económica.

 

¿Desde cuándo vives en este pueblo?

Me mudé aquí con 18 años, tras casarme. Este es el pueblo natal de mi marido. Él era agricultor y yo trabajaba con él cada día en el campo. Al principio vivíamos en una casa muy pequeña y en malas condiciones, así fue como solicitamos una de las casas de la FVF, y hace unos años  nos la entregaron. Por suerte las casas de la Fundación siempre van a nombre de la mujer, así que no me tuve que mudar cuando murió mi marido. De haber sido de otra forma no sé qué habría pasado conmigo y mis tres hijas.

 

¿Por qué ha sido tan importante tener la vivienda a tu nombre?

Tener la seguridad de un hogar tras la muerte de mi marido me ha ayudado a afrontar la situación de otro modo. Había días en los que me resultaba difícil comer, encontrar trabajo, etc. Pero al menos siempre teníamos un techo bajo el que dormir. Y más aún saber que era algo que no nos lo podía arrebatar nadie.

Convertirme en propietaria de la prensadora también fue un gran paso para mí. De esta manera, he podido obtener unos ingresos que me han ayudado a mantener a mis hijas. Sin embargo, no dejan de ser tres bocas que alimentar cada día. Mi hija mayor vive conmigo y las dos pequeñas están estudiando, gracias al programa de becas de la FVF.

 

Antes trabajabas en el campo con tu marido. ¿Cómo era tu vida?

Trabajábamos en el campo cada día entre siete y ocho horas diarias. Fue una época muy difícil, ya que a pesar de lo mucho que trabajaba, mis suegros sólo me daban de comer una vez al día. Nunca tuvimos buena relación. Mi marido era un familiar, y no vieron bien que nos casáramos. Él siempre obedecía en todo a su madre, así que nunca me defendía, y yo me quedaba siempre en un segundo plano.

 

¿Cómo han cambiado las cosas desde entonces?

La relación con mis suegros desgraciadamente no ha ido a mejor, y mucho menos con mi suegra. La sociedad india siempre culpa a las mujeres viudas de la muerte de su marido, considerando que ha ocurrido por un algún tipo de castigo divino.

Al quedarme viuda tuve que afrontar toda la carga familiar. Ante la ausencia de mi marido, mis suegros no querían cuidar de mis hijas, por lo que no podía irme a trabajar y dejarlas solas. Mis padres se mudaron durante unos meses a mi casa ayudarme. Gracias a un microcrédito del Fondo de Desarrollo de la Mujer (FDM) de la FVF pude comenzar a trabajar de forma independiente.

 

¿Fue así como conseguiste la prensadora? ¿En qué te ha ayudado el FDM y tu participación en el sangham?

Efectivamente. Empecé a participar en los sanghams que se organizaban en el pueblo un poco antes de la muerte de mi marido. A través del grupo, descubrí la posibilidad de acceder a un microcrédito de la Fundación, que además podría ir devolviendo sin intereses. Cuando me lo dieron, lo primero que hice fue adquirir una prensadora de cereales con la que poder preparar harina. Desde entonces, cada día me levanto a las cuatro de la mañana para prensar el arroz y vender la harina en el pueblo. También adquirí dos búfalas y cabras para poder dedicarme a la venta de leche. Pero hace unos meses vendí todos los animales, encontré trabajo como ayudante de guardería en la escuela del pueblo, y no podía hacerme cargo de todo.

 

En los sanghams he aprendido a gestionar mi dinero, a valorar la importancia de dar educación a las chicas y los peligros de los matrimonios precoces. Y aunque todavía me cuesta hablar de ello, comparto con mis compañeras la violencia que sufría cuando vivía mi marido y la que psicológicamente sigo sufriendo por parte de mis suegros.

 

¿Qué ha significado para ti quedarte viuda?

Al principio lo más duro fue sentirme sola. Este no es mi pueblo, por lo que mis familiares no están aquí para apoyarme. Mis padres vinieron a casa un tiempo, pero perdí el contacto con mis hermanos. Al ser viuda mis cuñadas no quieren relacionarse conmigo, y les han prohibido  venir. Como máximo les veo una vez cada dos años.

En el pueblo se sostenían supersticiones contra las viudas. Muchas personas, ni si quieran se atrevían a mirarme a la cara, porque creían que les traería mala suerte. Tampoco me dejaban entrar en sus casas o asistir a los eventos; como si fuera la causa de una maldición que iba a traerles mala suerte. Con el paso del tiempo la situación ha cambiado. Ahora el pueblo me apoya e incluso se alegraron cuando me dieron el trabajo de ayudante de guardería. Sin embargo, hay cosas que he tenido que aceptar: no llevar pulseras de cristal, bindi, flores en el pelo o collares de oro.

 

¿Crees que esta discriminación hacia las viudas cambiará?

En pueblos como el que vivo creo que llevará mucho tiempo. Las tradiciones están muy arraigas, y no muchos comprenden que más allá de las supersticiones hay un ser humano. Las supersticiones castigan a una mujer que se ha quedado sola. Sin embargo tengo esperanza. Creo que la generación de mis hijas cambiará, más aún cuando ellas han sufrido esto muy de cerca.

 

Has conseguido sacar adelante a toda tu familia y ser independiente económicamente.

Estoy muy orgullosa de todo lo que he logrado, aunque a veces reconozco que me sigue costando un poco. Mi hija mayor ha suspendido la prueba de acceso de bachillerato, y me gustaría poder pagar el examen para una segunda oportunidad, pero ahora mismo no tengo dinero. Este tipo de cosas son las que me gustaría cambiar para el futuro de mis hijas.

Hace unos años abrí una cuenta corriente a nombre de mi hija mayor, para que en el futuro pueda disponer de su propio dinero y nunca tenga que depender de nadie. Me gustaría hacer lo mismo con las más pequeñas cuando crezcan. La propiedad de la casa, la prensadora o los animales, nos ha garantizado hogar y sustento, pero sobre todo me han permitido poder salir adelante.

Texto: Irene G. Dugo