Día Internacional para la erradicación de la pobreza

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En el mundo, 1.400 millones de personas sufren pobreza extrema y casi 1.000 millones sufren hambre y no tienen acceso al agua potable y otros servicios básicos como la salud y la educación.

El último Informe de Desarrollo Humano del PNUD denuncia el indecente aumento de la desigualdad mundial en el que las 85 personas más acaudaladas del planeta acaparan la misma riqueza que las 3.500 millones más pobres. Sin duda, la perspectiva de desigualdad global futura es preocupante. Por consiguiente, es probable que las desigualdades sigan existiendo y que el sistema de Estados-nación siga legitimándolas. No debemos olvidar que una cantidad abrumadora y anónima de personas sigue esperando que luchemos para cambiar su destino.

En la India se calcula que vive un tercio de todos los pobres del mundo. El premio Nobel de Economía Amartya Sen explica en su reciente libro “Una gloria incierta” cómo el triple sistema de desigualdades de clase, género y casta retroalimentan una situación injusta que priva a 360 millones de indios el poder salir de la espiral de pobreza que los oprime.

Para remediar dicha situación es imperativo poner freno a las políticas locales, estatales y globales, que polarizan la sociedad e incrementan el sufrimiento de las personas. Urgen cambios radicales en dos frentes. En primer lugar, hay que priorizar –y eso significa dotar de presupuesto y no solo de discursos- políticas sociales que protejan el bienestar de toda la ciudadanía: dependencia, educación, sanidad, igualdad, cooperación, servicios sociales y políticas de promoción del trabajo digno.

Nuestra sociedad occidental aún precisa incorporar en sus prácticas, la corresponsabilidad y el reconocimiento por las causas sociales. Hemos de abrir nuevas vías a este pesado vehículo del progreso que chirría estridentemente al avanzar. Hemos de reducir al mínimo el inmenso sacrificio de vidas humanas. La pobreza es una lacra que no podemos permitirnos. Los seres humanos debemos hacer uso de nuestra capacidad de amar y clarividencia para realizar un nuevo y gran ajuste moral que abarque al mundo entero y no solo las distintas nacionalidades.

Vicente Ferrer demostró de forma concluyente que la súbita revelación de su poder no se trataba de un milagro efímero o un producto del azar. Era el fruto de la convicción y perseverancia de que debía acabar con el individualismo y avanzar colectivamente. En la India y rodeado de un inmenso océano de miseria comprendió que su función no era simplemente entender, sino remediar.

Las diferencias de lengua y costumbres nunca le impidieron sentirse parte de la India. Carecía de orgullo racial. Nunca consideró a ninguna nación superior a otra. Para él solo había una historia: la de la humanidad. A mi padre por encima de cualquier otra cosa le preocupaba la justicia y el bienestar de las poblaciones más desfavorecidas: “Sin la solidaridad la humanidad vería impedido su derecho a la existencia. Promoverla es una condición imprescindible”.

Moncho Ferrer