El corazón coraza de Rabina

A pesar de llevar sobre sus hombros la responsabilidad de un hogar marcado por las dificultades, esta joven nepalí lucha por continuar su educación y ofrecer una vida mejor a su familia.
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Rabina se despide de Kusuma y Ranjita con un gesto de cabeza y su mirada se pierde tras sus compañeras de clase en la siguiente curva. Después, con cierta pesadumbre pero sin esfuerzo, sube el último tramo de montaña hasta llegar a casa. La tarde que precede al invierno nepalí es cálida y bajo la luz de un sol en declive, la joven pone en marcha su segunda rutina del día.

Con movimientos rápidos, Rabina cambia su impoluto uniforme de colegio por una camiseta ancha de camuflaje y unos pantalones elásticos negros y blancos. Ropa cómoda para atender las tareas de casa: recoger hierba, alimentar el ganado, limpiar el porche, preparar la cena. Ropa holgada, para que transpiren las responsabilidades que no deberían ser suyas. Con el cambio de vestuario Rabina se desprende de la niña que aún es, aunque sea una palabra que ya no le guste. Quiere crecer porque ser mayor significa poder ayudar a una familia desbordada.
 

Infancia Nepal


“Hace 15 años, cuando nació, su padre cayó en una severa depresión. No reconocía a su hija ni tampoco a mí, su mujer. Sufría ataques de pánico diarios, corría de un lado a otro sin dejarse atrapar, zarandeaba a la pequeña constantemente o la dejaba abandonada sin recordar dónde”, recuerda Dilmaya. Desesperada, recurrió a la medicina tradicional: “¿Qué está ocurriendo? ¿Es un fantasma el culpable?”, se preguntaba. En Musurbari, zona rural de montaña, no se habla de salud mental, lo que provoca graves consecuencias.

Tras un cúmulo agotador de episodios violentos, Dilmaya se convirtió en “la mujer del loco”. Sin apoyo de sus vecinos, ella misma cayó en una depresión y se descubrió caminando sin rumbo, vagando por las carreteras rotas bajo el peso de los constantes desprendimientos. Los primeros pasos de la FVF en el país de los Himalayas llegaron así hasta Musurbari. De la mano de una organización local, el padre de Rabina comenzó a recibir tratamiento gratuito para su enfermedad que, aunque le impide trabajar, ya no es una amenaza para su familia. Su madre, por otro lado, se unió al grupo de apoyo para cuidadoras. Dos cambios que, por fin, aportaron luz a lo que hasta entonces solo eran sombras.
 

Infancia Nepal


Recibieron también una cabra y, gracias a un préstamo del grupo de apoyo, Dilmaya adquirió una búfala y comenzó a vender leche y ghee –una especie de mantequilla–, generando así ingresos para mantener a su marido, a su cuñado –que padece la misma enfermedad mental– y a sus tres hijos. “Pero yo no quiero solo dar de comer a mi familia, quiero que mis hijas tengan una buena educación. Esa es la única forma de que tengan una vida mejor que la mía”, asegura Dilmaya con convicción.

Así, cada día, esta madre decidida trabaja en las plantaciones de arroz y mijo como jornalera. O en la construcción cargando piedras y arena. O pintando casas. Todo lo que sea necesario y sin faltar un solo día: “Si no apareces, no volverán a llamarte”, explica. “Me encantaría hacer un trabajo tranquilo como artesanías, que me permita atender la casa y al ganado, pero sin haber tenido acceso a educación es muy difícil”, reconoce con resignación. Estar tantas horas fuera significa, inevitablemente, que Rabina y sus hermanos deban hacerse cargo de las tareas domésticas y, en muchas ocasiones, faltar a clase.

A esto se suma, además, el gran impacto emocional. Rabina ve el gran peso sobre la espalda de su madre y carga en sus propios hombros parte de las responsabilidades. Su preocupación por ella le lleva a querer crecer rápido, priorizando conseguir un trabajo y enviar dinero a su familia, como en el caso de su hermana mayor, Rejina, que emigró hace tan solo unos meses con este objetivo. “Mis hermanos me dicen que me case, pero yo quiero seguir estudiando y traer dinero a casa. Antes quería ser enfermera, pero si soy realista, no sé si podré conseguirlo”, admite Rabina. Y su coraza se desvanece, dejando el corazón al descubierto. “Me gustaría darle mi primer sueldo a mi madre y decirle que haga lo que quiera con ese dinero”, reconoce con mirada empañada.
 

A pesar de los esfuerzos del Gobierno nepalí para hacer frente al abandono escolar, los matrimonios precoces –que son ilegales pero siguen practicándose en las zonas rurales – y el trabajo doméstico llevan a muchas niñas y jóvenes a dejar la escuela sin finalizar su formación. En Nepal más de 770.000 niñas y niños entre 5 y 12 años no acuden al colegio y hay un alto índice de abandono en secundaria. Además, los matrimonios infantiles tienen una alta incidencia: un 33% de las niñas y adolescentes se casan antes de los 18 años.  A esto se le suma el abuso sexual, las crisis humanitarias y la precariedad económica, que son solo algunos de los factores que hacen que terminar la escuela sea más difícil para las niñas que para los niños.

A pesar de las dificultades, cuando cae la tarde, Rabina saca sus libros al porche y le roba tiempo al día para estudiar. Cuidar de su familia y tener una buena educación: esas son sus dos grandes metas y tiene claro que no podrá conseguir la una sin la otra.

Texto y fotografías: Katia Álvarez Charro | Traducción: Kunjani Pariyar