Encuentro con cuatro alumnas de la Escuela Profesional

Mahaboob Jhan, Salomi, Vanitha y Nazia empiezan con ilusión el nuevo curso que determinará su futuro laboral y empoderamiento como mujeres.

Protegidas del sol, en la umbría de un árbol de nim, y con un vaso de chai en mano, cuatro chicas de la Escuela Profesional de Bukkaraya se sientan a explicarnos qué ha supuesto para ellas entrar en este centro. Estoy muy contenta y orgullosa de poder estudiar aquí, aún sabiendo que es muy intensivo”, empieza Salomi. “Yo, antes de venir aquí, estudié en Delhi”, explica Vanitha, que nació en Anantapur. Sus padres la enviaron a Delhi para estudiar ingeniería, pero allí Vanitha no estaba cómoda, ni era feliz. “En Bukkaraya, estoy de maravilla y cuando, es fin de semana y podemos volver a casa, echo de menos este lugar”. Vanitha, aparte de adorar el paisaje y el aire limpio de Bukkaraya, también bromea: “La comida está riquísima, mi madre solo prepara 'dalh' (lentejas)”.

Todos los alumnos y alumnas de la Escuela Profesional de Bukkaraya tienen un grado universitario. En ocasiones, esto no es suficiente para encontrar trabajo en una buena empresa. Las chicas explican que las Universidades en la India ofrecen unos estudios “poco prácticos y para nada exigentes”. Salomi cuenta: “Solo te dan la información, no se preocupan si los alumnos han aprendido o no la lección, te mandan los deberes pero no te explican cómo hacerlos”. Por eso, la Escuela Profesional, a parte de darles conocimiento, también les ha dado ilusión y ganas de construir su futuro.

Un futuro ya no tan incierto, contando que el 90% del alumnado encuentra trabajo. Las chicas agradecen estar en contacto con voluntarios de otros países y aprender maneras de ser y hacer muy diferentes a la suya. “No aprendemos únicamente lecciones académicas, si no de vida”, comentan.

Vanitha describió este trato diferente con un ejemplo muy llano: “En las clases normales, estás sentado en filas. Aquí nos sentamos en forma de arco para que todas nos podamos ver y participemos”. Este simple cambio de orientación de las sillas ha captivado por completo a las chicas. Ya ninguna queda apartada a la sombría hilera de atrás: todas son iguales y, con sus miradas cómplices, se animan a participar en la clase.Nunca había estado en un lugar donde la gente pudiera ser profesor, amigos y familia, explica Mahaboob Jhan.

Dar voz a las adolescentes, construir su opinión

Nazia, otra de las chicas, considera que lo mejor que proporciona el centro son las soft skills, una disciplina que enseña habilidades para integrarse en el mundo laboral. Esto es muy necesario, pues tradicionalmente en la India las mujeres han quedado relegadas a las tareas del hogar y han sido privadas de los espacios públicos. Sin voz ni voto durante décadas, cuesta combatir este estereotipo y convencer a la mujer que puede y debe tener opinión propia. Mirar a los ojos, tener actitud o hablar en un público son algunos de los aprendizajes que se tratan en las soft skills, todo con el fin de empoderar a la mujer.

Mahaboob Jhan confiesa que hasta los 18 años todavía “no la habían dejado salir de su calle”, donde tenía su casa y colegio. Cuatro años más tarde, recién graduada en la Universidad de Anantapur, Mahaboob Jhan pudo ir sola a Bangalore, como la mujer independiente que ya era.

La mayoría de las chicas tienen hermanas pequeñas. Preguntamos si había alguna diferencia entre la educación que recibieron ellas respecto a sus hermanas menores. Mahaboob Jhan fue la única en responder que sí. En su caso, de pequeña no le dejaban ir a las excursiones del colegio: “Mi padre no lo aceptaba, supongo que no lo veía como algo normal”. Pero su hermana pequeña, en cambio, ha disfrutado de este privilegio. “Con mi educación, se dieron cuenta que estas cosas se hacían y no pasaba nada”. A Mahaboob Jhan le encantaba bailar, pero su padre tampoco lo veía con buenos ojos. Su hermana, en cambio, “va a clases y, no de cualquier baile local, si no de ballet clásico”.

Las chicas son muy conscientes de cómo sus vidas y las de sus familias han cambiado desde que empezaron sus estudios. La educación las convierte en mujeres independientes y, con su trabajo, conseguirán ganar en solo un mes lo que su familia gana trabajando un año en el campo. Las niñas, que tradicionalmente se han visto como una carga familiar, son hoy mujeres fuertes y libres capaces de transformar su futuro.

Es necesario entender la educación como una gota de agua: pequeña pero persistente, que se esparce y se mezcla con otras, para al final convertirse en el enorme y poderoso mar.

 

Texto: Núria Messeguer

Foto: Bárbara Mompó