Familias en la rueda de la transformación

Cuatro años después de su puesta en marcha en España, la Fundación empezó a trabajar en la aldea de Lakshmampalli, donde viven 600 personas de comunidades desfavorecidas
Entre ellas se encuentra la familia de Nallamma y Peddaiah, que ha podido beneficiarse de varios de los proyectos implementados

Hace dos décadas, cuando la Fundación Vicente Ferrer (FVF) se fundó en España, Peddaiah Rekkapogula tenía 24 años y estaba a punto de ser padre por primera vez. La educación del bebé, que resultó ser una niña, no formaba parte de su lista de preocupaciones. Vivía en una choza con su mujer en la aldea de Lakshmampalli, en el distrito de Anantapur, y ni por asomo concebía que un día tuvieran una pequeña casa de su propiedad. Tampoco imaginaba que los seis centenares de vecinos de su comunidad que viven en el pueblo pudieran unirse para mejorar sus condiciones de vida, y menos aún que él llegara a ser uno de los agentes del cambio.

Pero cuatro años más tarde los empleados de la Fundación llegaron a Lakshmampalli y convocaron varias reuniones. El objetivo era conocer a los aldeanos, muchos de ellos jornaleros, y convencerlos para que se unieran, se implicaran y confiaran. Así fue como la rueda de la transformación, que a día de hoy abarca más de 3.200 pueblos de los estados de Andhra Pradesh y Telangana, empezó a girar en Lakshamampalli y en la vida de Peddaiah y su familia.

Confirmada la disposición de los vecinos, se promovió la formación del Comité de Desarrollo de la Comunidad (CDC), el grupo que ejerce como interlocutor con la Fundación en los pueblos donde interviene. Lo integraron siete mujeres y siete hombres, entre ellos Peddaiah, que fue elegido por ser de los pocos vecinos que había estudiado hasta tercero de primaria. En ese momento empezó a valorar la importancia de la educación: “Hasta entonces pensaba que, si una familia como la mía tenía cinco miembros, disponía de cinco personas para trabajar en el campo. Pero ahora sé que con una buena educación mis hijos pueden encontrar empleos con mejores condiciones. También a nosotros los terratenientes nos ofrecen trabajos más dignos, ya que tenemos mayor conocimiento y conciencia”, explica. Y algo más: “Formar parte del CDC me ha dado la oportunidad de ser elegido para integrar un comité educativo gubernamental de la comarca, desde donde puedo defender los derechos de las personas de las comunidades desfavorecidas”, resalta.

Avanzando paso a paso

Desde su nombramiento, Peddaiah ha dedicado muchos esfuerzos a convencer a las familias sobre la importancia de llevar a sus hijos a la escuela pública. “Uno de los primeros escollos fue que los padres no podían pagar los libros y las libretas y por eso hablamos con la Fundación, que ayudó a financiarlo”, recuerda. Tras seis años de trabajo, llegó el momento de  la construcción de la escuela complementaria, donde los niños y niñas de las comunidades desfavorecidas acuden cuatro horas al día para reforzar lo aprendido en el colegio público. Entre los actuales alumnos está el hijo de Peddaiah, Umamahesh, que tiene doce años y quiere ser médico “para atender a los más pobres”.

A día de hoy, los 600 vecinos de Lakshmampalli han podido beneficiarse especialmente de las acciones de los sectores Educación y Hábitat, así como del apadrinamiento de los menores en edad escolar. En el caso de la familia de Peddaiah, su primera hija Renuka fue apadrinada, lo cual repercutió en su educación y atención sanitaria y en la de sus hermanos. Ahora Renuka estudia ingeniería con el apoyo económico de la Fundación y quiere ser profesora. “Trabajará enseñando a jóvenes que pertenecen a comunidades más acomodadas, lo cual es muy positivo para todos”, resalta Peddaiah satisfecho.

Por su parte, la benjamina de la casa, Uma Maheswari, tiene diez años y la ilusión de ser “jefa de policía”. Las dos hermanas hablan mirando a los ojos y sin la timidez que desprende su madre, Nallamma Tepala, que es la propietaria de la casa que la Fundación les ayudó a construir. Registrar las viviendas a nombre de las mujeres es una forma de empoderarlas, ya que no es habitual que sean beneficiarias de ninguna herencia ni que tengan capacidad de decisión sobre ninguna propiedad familiar.

El momento de los sangham

La rueda ha ido girando y en Lakshmampalli ya existen más de medio centenar de casas como la de Nallamma y Peddaiah, a la vez que la gran mayoría de niñas y niños van a la escuela. Pero el proyecto de la Fundación es integral y paulatino, y hace tres años llegó en la aldea el momento de los sangham, otra pieza clave para la transformación de las comunidades desfavorecidas. Se trata de asociaciones de mujeres que se reúnen mensualmente y que comparten inquietudes personales, familiares y comunitarias, a la vez que buscan soluciones. Cuando su funcionamiento se consolida, son también el mecanismo a través del cual se conceden microcréditos. Actualmente existen más de ocho mil, y siete de ellos están en Lakshamampalli, de los cuales dos están concediendo microcréditos. Nallamma pertenece a uno de los otros cinco: “Cuando pueda optar a un microcrédito, me gustaría comprar cabras u ovejas para producir leche o carne”, se anima a revelar.