Hijas de una misma madre

• Lakshmamma pertenece al primer ‘sangham’ que se formó en la región de Maruvapalli en el año 1996.
Lakshmamma pertenece al primer ‘sangham’ que se formó en la región de Maruvapalli en el año 1996.
FVF / Paloma Navas
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Lakshmamma está sentada en el suelo de la escuela, el mismo lugar donde en 1996 se creó el primer sangham de la región de Maruvapalli. A sus 70 años, recuerda como si fuera hoy los origines de todo aquello: “Las primeras reuniones con las mujeres para formar el ‘sangham’ fueron en Bathalapalli. Estaba lejos de aquí y recuerdo que mi marido me regañó, no le gustaba que fuera a las reuniones. A nuestros maridos no les gustaba que saliéramos de casa, ni siquiera para ir al banco”.

Esta situación cambió a medida que las asambleas empezaron a resultar beneficiosas para la autonomía familiar. “Ni mi marido ni yo tenemos estudios. Cuando nos casamos tuvimos que ponernos a trabajar para los terratenientes. El ‘sangham’ nos ayudó a construir nuestra independencia como mujeres valientes, pero también nos educó en tareas básicas, por ejemplo, cómo obtener ayudas del gobierno, cuidar de nuestra propia salud o cómo ahorrar”.

Cuando servían a los terratenientes, el marido de Lakshmamma se encargaba de las labores de agricultura y recolección. A ella muchas veces le daban tareas como limpiar zapatos sucios. Era humillante. Si algún día no íbamos a trabajar, nos golpeaban”, cuenta.

El sueldo que recibían era insuficiente para costear la educación de sus hijos, apenas les daba para poder alimentarlos. “Nuestras comidas consistían básicamente en papillas de arroz cada día”, recuerda. Sin embargo, Lakshmamma confía que el mañana de sus nietos será mejor que el de sus propios hijos: “Nuestro futuro depende del valor y la confianza que tengamos en nosotros mismos. Si yo cambio, la sociedad también será parte de ese cambio. Gracias a la Fundación, ahora las mujeres pueden estudiar igual que los hombres. Debemos entender que la educación es lo más importante”.      

Una luz siempre encendida

En el poblado de Maruvapalli existen cuatro grupos de sangham formados en diferentes periodos y generaciones de mujeres. Lakshmmama pertenece al primero y más antiguo de su pueblo, creado en 1996. “Tuvimos que luchar mucho para que este ‘sangham’ existiera porque muchas personas, especialmente los terratenientes, se oponían a que nos reuniésemos. Pero aquí seguimos, en esta misma escuela”, explica.

Lakshammama mira el edificio como si fuera parte de sus huesos. Debajo de cada arruga de la expresión de su cara parece esconderse una historia. “Tengo muy buena relación con mis compañeras de ‘sangham’, hemos estado aquí desde los inicios. Es como si todas fuéramos hijas de una misma madre. Siempre nos hemos ayudado en todo y resolvemos cualquier problema juntas”, dice.

Cuando comenzó a recibir los microcréditos de la Fundación, Lakshammama dejó de trabajar para los terratenientes y se dedicó a cuidar a sus más de diez búfalas, de las que obtenía beneficios de venta de leche. Una vez se fue haciendo mayor, las vendió. Aunque Lakshmmama sigue sin quedarse quieta: “Ahora canto. Siempre me ha gustado cantar. Muchas veces me llaman de la radio para que vaya a cantar a los programas. Yo misma preparo mis canciones, las creo el mismo el día y me las aprendo de memoria. Luego ya no puedo repetirlas más porque no me acuerdo”.

Lakshmmama canta una canción antes de irse. El nombre de su ‘sangham’ significa ‘una vela que nunca se apaga’, una luz siempre encendida: Jevana Jyothi, en telugu.

 

Texto: Aurora Díaz

Fotografía: Paloma Navas