La vacuna olvidada

La pandemia ha agravado las agresiones contra las mujeres. Tenemos que usar todos los recursos que están a nuestro alcance para defender sus derechos. Por justicia y por avanzar en la Agenda 2030
Montse Ortiz, en una charla sobre género
Fabiola Llanos
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Por Montse Ortiz Moran, experta en Género FVF

Sabemos que cuando una crisis entra por la puerta los derechos saltan por la ventana y, especialmente, si los derechos son de las mujeres. Ante crisis humanitarias, conflictos armados o desastres naturales, los derechos de las mujeres y niñas siempre salen perdiendo.

La covid-19 y las medidas adoptadas para frenar la pandemia nos han dejado un panorama desolador; a la crisis sanitaria hay que sumar una crisis económica y social global casi sin precedentes recientes y los efectos en la vida de mujeres y niñas han sido, y serán, devastadores.

Pero no es la primera vez que esto ocurre. Brotes como el ébola o el zika ya pusieron de manifiesto la vulnerabilidad de mujeres y niñas ante estas situaciones, quedando más expuestas a la violencia y siendo incapaces de poder huir de sus abusadores. Existen, pues, antecedentes que nos muestran como ante crisis sanitarias similares, las respuestas médicas e incluso las económicas pasan por encima de los derechos de mujeres y niñas.

La violencia contra las mujeres y las niñas es una pandemia invisible y sin vacuna

El confinamiento domiciliario como medida indispensable para hacer frente a una pandemia como la covid-19 ha forzado a muchas mujeres a vivir encerradas en sus casas con sus agresores, más solas, más aisladas, y con apenas posibilidades de poder salir y pedir ayuda. El confinamiento ha proporcionado mayor libertad a los maltratadores y para estas mujeres sus casas se han convertido en jaulas sin escapatoria.

Y, mientras se imponían medidas de protección para hacer frente a la covid-19, países de todo el mundo observaban como las agresiones domésticas iban en aumento. Países como Australia, Argentina, Canadá, Francia, Alemania, España, Reino Unido y los Estados Unidos han reportado un incremento de las denuncias de violencia dentro de los hogares durante el confinamiento.

Pero antes de la covid-19, la violencia contra las mujeres y las niñas ya era una pandemia, invisible y sin vacuna, que además representa una de las violaciones de los derechos humanos más flagrantes que se da en todos los países del mundo, sin excepciones. Según datos de Naciones Unidas, una de cada tres mujeres y niñas experimenta violencia física o sexual a lo largo de su vida. En Europa, por ejemplo, la violencia contra las mujeres y las niñas representa un peligro mucho mayor que el terrorismo o el cáncer.

India tampoco ha sido una excepción. Mientras que durante el confinamiento se reducían las denuncias por agresión sexual y violación que mayoritariamente ocurren en espacios públicos, en el transporte público o en el mismo trabajo, las búsquedas en Google de conceptos vinculados a “violencia doméstica” se dispararon exponencialmente en el mismo periodo.

En estos meses, la Fundación Vicente Ferrer, además de atender la crisis sanitaria, económica y social provocada por el coronavirus, ha continuado trabajando para hacer frente a la pandemia de la violencia. Todos los equipos de acción social que son los principales radares de detección de esta lacra no cesaron su actividad en terreno. Las asociaciones de mujeres (o sanghams) vuelven a reunirse, en grupos más reducidos, desde junio. Estos grupos de mujeres no son sólo espacios de empoderamiento donde se forjan liderazgos, sino que además son círculos de confianza que juegan un papel indispensable para identificar casos de violencia. Se ha incrementado el número centros de asesoramiento para mujeres y niñas en cada región, donde trabaja la Fundación, para mejorar la cobertura. En total, ahora se cuenta con 15 centros que ofrecen acompañamiento psicológico a mujeres y que además tienen una función de mediación para frenar matrimonios precoces o resolver problemas familiares. Y, por último, la casa de acogida para mujeres y niñas supervivientes de la violencia ha mantenido sus puertas abiertas para atender los casos de vida o muerte.

La violencia hacia mujeres y niñas es una lacra universal que adquiere dimensiones alarmantes y traspasa las fronteras de la clase social, cultura, raza o edad

Como hemos visto, la violencia hacia mujeres y niñas es una lacra universal que adquiere dimensiones alarmantes en todos los países y que traspasa todas las fronteras de la clase social, cultura, raza o edad. Ante un desafío global de tal magnitud, también son imprescindibles respuestas globales. La Agenda 2030 impulsada por las Naciones Unidas proporciona una hoja de ruta, -con sus 17 objetivos, metas e indicadores-, a todos los países del mundo para luchar contra la pobreza, las desigualdades y la defensa del planeta. Pero, además, nos ofrece un marco global y transversal para erradicar todas las formas de violencia hacia mujeres y niñas que socavan constantemente sus derechos humanos.

La Agenda 2030 insta a países, instituciones, empresas y agentes sociales a desarrollar estrategias para cumplir los objetivos propuestos antes del 2030. Pero, además, nos interpela a cada una de nosotras, a todas las ciudadanas y ciudadanos del mundo, y nos propone ser parte de la solución.

Recriminar chistes o mensajes machistas, movilizarse o apoyar a organizaciones que trabajan por los derechos de las mujeres son recursos que están a nuestro alcance

No guardar silencio ante situaciones de violencia, no difundir y recriminar chistes o mensajes machistas, participar en movilizaciones que luchan a favor de los derechos de las mujeres y niñas o apoyar a organizaciones que trabajan para que todas ellas tengan una vida digna y plena, son solo algunos ejemplos que están a nuestro alcance. Está en nuestras manos contribuir a dar con la vacuna olvidada, la vacuna que nos permita erradicar del planeta la pandemia invisible: la pandemia de la violencia de género.