Música en la aldea

  • La Fundación forma a jóvenes sin estudios de las zonas rurales para que aprendan a tocar instrumentos de percusión y puedan ganarse la vida como banda profesional
  • Los destinatarios del proyecto también participan en cursos de sensibilización donde aprenden a administrar el dinero y colaborar en el hogar

Seenanaik, Rameshnaik y los demás chicos sonríen radiantes mientras el fotógrafo inmortaliza el momento. Hoy es un día especial. La Fundación Vicente Ferrer (FVF) les ha entregado a todos el uniforme que ahora visten: gorra y camiseta rojas, chaqueta y pantalones azules con detalles amarillos. De sus cinturas y espaldas cuelgan los instrumentos de percusión que un par de minutos atrás tocaban con energía, armando un gran jaleo en el centro del pueblo. Todavía les quedan algunos ensayos para terminar el programa de formación que empezaron en julio del año pasado, pero la mayor parte del esfuerzo ya lo han hecho. Ahora toca recoger los frutos y hoy están más cerca de ser, por fin, una banda profesional.

El programa en el que han participado se ha implementado en más de un centenar de pueblos repartidos por el distrito de Anantapur, en el estado de Andhra Pradesh. Los destinatarios son hombres jóvenes sin estudios. Enseñándoles a tocar un instrumento se les brinda la oportunidad de diversificar sus opciones laborales actuando con la banda en festividades locales, bodas y otras celebraciones.

En Anantapur el trabajo en el campo es estacional. Si no llueve, no hay faena. Durante los meses de monzón, de junio a setiembre, es frecuente que los agricultores contraten a muchas personas como jornaleras. Durante los meses secos, en cambio, no hay trabajo. Muchas personas deben migrar a las grandes ciudades y a estados más prósperos para encontrar un empleo. A partir de ahora, gracias a su formación musical, no dependerán de las lluvias para ganar un sueldo.

Seenanaik es un hombre de pelo cano y tez lisa que dice tener 30 años y un hijo y una hija pequeños. Es el mayor del grupo, por lo que tiene más responsabilidades. Se encarga de llevar el registro de asistencia en una libreta forrada con papel de periódico. Ensayan dos veces cada día y tan sólo con echar un vistazo a la libreta se ve que prácticamente nunca falta nadie.

Cuando van a tocar, si pueden, se reparten en varios grupos para ganar más dinero. Seenaik se encarga de ingresar una parte en una cuenta común que sirve para tener un monto ahorrado por si surgen imprevistos, como tener que reparar un instrumento. También dedican un dinero a colaborar con los nuevos proyectos de la Fundación y el resto de las ganancias se las reparten en partes iguales.

Pese a que el objetivo del programa es dotar a los destinatarios de una fuente de ingresos estable alternativa al trabajo en el campo, también se reúnen varias veces a lo largo de la formación para sensibilizarlos acerca de cómo deben administrar el dinero, cuidar su actitud en casa y valorar la importancia que tiene dar una educación a sus hijos e hijas. Tanto sus familias como ellos están contentos con los resultados.

El mismo día que los chicos reciben los uniformes, toda la aldea se reúne en la escuela. Hablan las madres y las esposas. Una mujer se levanta y se dirige al resto. Se llama Kullaibai: “Antes, él no tenía interés en cuidar de su familia y no le gustaba estudiar”, cuenta, refiriéndose a su hijo. Y sigue: “Ahora tiene un trabajo que le gusta y con el que podemos vivir”. Acto seguido se levanta otra mujer, Subashinabai, menuda y mucho más joven. En su caso es el marido, Rameshnaik, el que participó en el programa de formación musical. “Cuando mi marido no estaba trabajando se pasaba el día charlando en el pueblo y no me hacía caso ni cuidaba a la familia”, recuerda. Ella tiene 21 años y él 28 y llevan siete casados. Los dos ganaban dinero, pero él lo gastaba sin consultarle: “Antes no conocía el valor del dinero, pero lo aprendí gracias a estas reuniones de concienciación”.