Veinte años de apadrinamientos en la India

Pavani, Sailaja y Nagarjuna representan a tres generaciones de jóvenes apadrinados desde 1996, el año que la FVF nació en España
El apadrinamiento representa expectativas de futuro para los niños y niñas apadrinados, pero también garantiza un cambio estructural y permanente para toda la comunidad

A Pavani Vadde le encantan las galletas, los caramelos y el color rosa. Con ocho años de edad, la joven recibe en su casa de Uravakonda –distrito de Anantapur- a Paz Gázquez, que ha viajado desde Granada para visitarla. Madrina y ahijada se saludan cariñosamente y se sientan en el porche donde la española le regala una bolsa con rotuladores, globos de colores y pegatinas de plástico que la joven recibe con una sonrisa tímida. “Ahora estoy de vacaciones pero voy al colegio desde hace dos años y mi asignatura preferida es el inglés”, le explica Pavani a su madrina.

Pavani fue escolarizada más tarde de lo habitual debido al tratamiento que sigue para combatir el virus del VIH/Sida, enfermedad que le traspasó su madre al nacer. Pavani se encuentra entre los 400 menores seropositivos apadrinados a través la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Su progenitora falleció cuando ella tenía tres años y su padre, fundador de una empresa de ladrillos que lleva el nombre de su hija, se volvió a casar con una mujer con la que tuvo otros dos hijos. La joven reside con sus abuelos, que viven en las proximidades del colegio, y ellos son los que la llevan al hospital de la FVF, donde recibe tratamiento y alimentos de forma gratuita. Además, una trabajadora de salud rural la visita mensualmente en su casa para hacer seguimiento de su estado.

Paz, que la apadrinó hace dos años, se despide de la niña emocionada y asegura que volverá a visitarla. Mientras tanto, seguirá la evolución de su ahijada a través de las cartas que Pavani le envía desde la India.

 

Pavani, apadrinada desde hace dos años.

 

El arte como profesión

Como Pavani, otros 122.000 niños forman parte del programa de apadrinamieno. Sus historias son muy diversas aunque casi el 100% de estos jóvenes acaba la escuela primaria, la mayoría pasa a cursar secundaria e incluso algunos de ellos continúan hasta la universidad. Después se convierten en médicos, abogados, ingenieros o empresarios. Sailaja Vannurapa prefirió hacerse bailarina, fue apadrinada hace 12 años y a sus 24 ha conseguido hacer de un hobby su profesión.

 “Me di cuenta en séptimo curso de que cuando recibía una carta de mis padrinos era como si ellos también fueran mis padres. Todo lo que soy ahora, es gracias ellos”, cuenta Sailaja. La bailarina, que asistía a un colegio de la FVF, aún recuerda que enviaba a España dos cartas al año. Actualmente es profesora de baile en el instituto de danza Lahari, en la escuela de Timbaktú y en el Colegio Internacional de Anantapur.

Conseguirlo no ha sido fácil. Sailaja considera que “la danza está reservada a las personas de comunidades privilegiadas” y afirma haber sido discriminada en la residencia de la prestigiosa escuela en la que estudió, la SV Music and Dance College en Tirupati. Allí aprendió este arte durante cinco años gracias a un programa de becas culturales que la FVF puso en marcha hace diez años para apoyar a jóvenes que destacan por su talento artístico.

Actualmente, vive en Anantapur donde combina su empleo como profesora con representaciones esporádicas. Sailaja disfruta de su profesión y, con su sueldo, ayuda a financiar la casa de su familia y los estudios de sus hermanos. La joven relata que su padre está “muy agradecido” y que “siempre explica a sus amigos cuánto les ayuda”.

 

Sailaja, apadrinada hace 12 años, guiando una sesión de baile.

 

Apadrinado hace 20 años

“AF102274”, recita de memoria Mundla Nagarjuna. Fue el número de apadrinamiento que le otorgaron hace 20 años y que le convirtió en uno de los primeros beneficiarios de la Fundación en España. De su madrina, recuerda la visita que le hizo en su escuela cuando tenía ocho años: “Ha pasado mucho tiempo pero sé que estaba nervioso y que me regaló camisetas, una gorra y caramelos”. 

Hoy ese joven tiene 27 años y trabaja como profesor en la K.S.R Government Junior College, una escuela femenina en la que imparte clases de informática a grupos de entre 30 y 40 estudiantes. Este trabajo le proporciona 18.000 rupias al mes (cerca de 260 euros), una cantidad “suficiente” para pagar el apartamento que comparte con sus compañeros, así como para cubrir sus gastos personales. Sin embargo, no siempre ha contado con este desahogo económico ya que su madre, soltera y dedicada a la agricultura, tuvo dificultades para sacar adelante a sus cinco hijos. Nagarjuna reconoce que nunca le costó demasiado estudiar pero afrontó situaciones familiares que le “robaban la tranquilidad”.

Acudió a una escuela pública y a otra de la FVF hasta sexto curso y, gracias a su esfuerzo, consiguió una de las plazas que ofertaba el Gobierno indio para que personas procedentes de comunidades tribales pudieran estudiar en un colegio-residencia. Posteriormente, obtuvo una beca de seis años con la que estudió Bachillerato y la carrera de ingeniería informática en el Kuppam Engineering College. Al finalizar la universidad, se topó con un anuncio en el periódico que anunciaba el puesto de trabajo que ostenta en la actualidad, con el que afirma “disfrutar muchísimo”. Nagarjuna muestra un sincero agradecimiento hacia sus padrinos y afirma que le gustaría “poder transmitírselo personalmente algún día”.

Nagarjuna en clase, fue apadrinado hace 20 años.

 

El programa de apadrinamiento

Apadrinar no solo supone apoyar a un grupo especialmente sensible de la sociedad rural. Los niños y las niñas impulsarán la transformación de la India y por eso es tan importante apoyar su educación y su empoderamiento. Sin embargo, la aportación de cada padrino no llegará exclusivamente al menor apadrinado. La aportación se destina a un fondo único que revierte en beneficio de toda la comunidad. El apadrinamiento representa expectativas de futuro para los pequeños apadrinados, pero también garantiza un cambio estructural y permanente para toda la comunidad.

El apadrinamiento es un instrumento de financiación que garantiza la estabilidad de los fondos y los equipos durante largos periodos y, tal y como constata Anna Ferrer, “el acercamiento a las familias y a las personas”. Para la presidenta de la Fundación, “consentir que los más pobres permanezcan sin educación es una forma de opresión y un freno para que puedan tomar conciencia y alzar su voz”, por lo que los apadrinamientos, que financian los estudios de la población infantil, constituyen un paso más hacia la autonomía y la libertad de las personas de Anantapur.